¿Qué uso le damos a nuestros cuerpos? Contradicciones feministas

No sé si os ocurre, pero hay una lista interminable de temas, movimientos, ideologías y procesos sobre los que tengo opiniones contradictorias. Puede que os sorprenda, pero me ocurre con la crianza con apego, con la globalización, incluso con el feminismo. Cuando me pongo a reflexionar sobre un aspecto en concreto, valga como ejemplo mi post sobre feminismo y depilación, me asaltan argumentos muy determinantes y su contrario. Debo confesar que una de las razones por las que me encanta dar contenido a mi blog es porque la escritura me permite recoger todos esos fragmentos y crear cierta coherencia en mi estructura mental.

No hace mucho tiempo, me atreví a defender en las redes a Cristina Pedroche porque, aunque el trapito con el que apareció para anunciar las campanadas de fin de año sólo cubría el cinco por ciento de su cuerpo, sentí que era digna de exhibirse ante media España como le diera la gana. Con mi condescendencia, me propuse pasar por alto la hipersexualización que se desprendía de su forma de vestir y encasillarme en un modelo feminista más inclusivo, precisamente porque es por la libertad de la mujer por lo que lucha el movimiento. Sin embargo, desde entonces, los mismos paradigmas que pretendía defender se han ido hundiendo por su propio peso.

¿Dónde está el límite de exhibir el cuerpo sin caer en la cosificación?

Y todo esto con cuidado de no sucumbir en el puritarismo, que precisamente ha sido uno de los grandes enemigos de la revolución feminista. Por suerte, después de darle vueltas, he encontrado el criterio que me ayuda a posicionarme en este debate sin caer en contradicciones. Tomemos el caso de la Pedroche y hagámonos una pregunta sencilla: aparecer con poca ropa; hacer “morritos”, o jugar a la provocación, arrancan una sonrisa complacida al patriarcado?

En realidad, creo que el lema del feminismo actual, el que defiende que “la mujer es libre”, incluso si elige ser un objeto sexual, exime de responsabilidad nuestras acciones.

Por supuesto que tenemos que desprendernos de nuestra actitud fiscal ante las que no son (somos) capaces de desligar las ataduras de los convencionalismos que las (nos) oprimen, pero no por ello tenemos que dejar de ser autocríticas. Yo me depilo, aunque no he dejado ser feminista; y no, no lo hago por mí. Soy consciente de que cuando paso la cuchilla de afeitar por mis piernas, axilas e ingles, siento sobre mí al patriarcado dándome un par de palmaditas en la espalda. Creo que la defensa de nuestra libertad no debe eclipsar nuestra capacidad analítica.

Las tetas se deben enseñar con naturalidad, en un acto de protesta, en un reclamo de libertad para nuestros cuerpos.

Debemos acabar con la sexualización y reconocer al cuerpo como lo que de verdad es: un cuerpo de mujer. Si queremos que los pezones femeninos no se pixelicen en Instagram y Facebook al lado de los masculinos, no tiene sentido que sigamos jugando al coqueteo sexual utilizando precisamente nuestras carnes apretadas como cebo. Para deconstruir el significado social que existe de los senos, el que entiende que la que los enseña es impúdica y pecadora, tenemos que darle la vuelta al discurso. Enseñémoslos con conciencia: en la playa; en una manifestación, si es preciso; en Instagram, liberados de toda connotación sexual. Jodamos al patriarcado con ellos, pero no los convirtamos en un pasaporte para nuestro éxito. No tenía tan clara esta reflexión cuando me puse a defender a la Pedroche, pero sé que ahora no lo haría. Las personas cambiamos y nuestras ideas también.

Pensar que una forma de ganar poder frente a los hombres consiste en objetualizar nuestros cuerpos hasta convertirlos en una mercancía, me parece una trampa del pasado con la que el feminismo ya había tropezado.

En una sociedad en la que la sexualización comienza desde edades más tempranas y mostrarse como un objeto sexual significa hacer uso pleno de nuestra libertad, me resulta hipócrita que luego nos echemos las manos a la cabeza cuando vemos a nuestras hijas crecer y convertirse en las “muñecas vivientes” de Natacha Walter. Finalmente, no es más que otro gol que nos está metiendo el patriarcado. Asumámoslo.

 

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