El feminismo es suyo. Y mío. Y tuyo.

Hacía tiempo que no me lo flipaba tanto con un libro como con éste: “Cómo ser mujer”; en inglés, “How to be a woman” (2011). Es de lectura fresca y divertida. Su autora, Caitlin Moran, una periodista británica, hace uso de un sentido del humor sin tapujos con el que expone, a través de sus memorias, cuáles han sido los obstáculos por los que ha pasado en la construcción de su identidad femenina. Desde el inicio, anuncia su interés en que el feminismo sea una cuestión social; además de un asunto académico, como ha venido dándose hasta ahora. El feminismo debemos hacerlo entre todas y todos, denunciando las situaciones que entorpezcan la igualdad de género como propias, y no debe ser un mero observatorio de la realidad, como el de los eruditos de antaño.

Moran aboga por la aplicación de la “teoría de las ventanas rotas” a la desigualdad de género. Para las que no la conozcáis, esta teoría -también llamada “de los cristales rotos”- se llevó a la práctica a mediados de la década de los 80 en el metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más peligroso de la ciudad. El principio de la teoría afirma que, si no se cuidan los pequeños detalles, como arreglar una ventana rota cuanto antes, es fácil que este daño envíe un mensaje claro a la sociedad: la transgresión se permite. En definitiva, viene a explicar el contagio de las conductas delictivas o incívicas. El hecho de no reparar una ventana rota transmite un claro mensaje de permisividad ante a la falta de respeto hacia los bienes comunes, de modo que el desorden y las actitudes incívicas se extienden con celeridad, independientemente del contexto socioeconómico en el que se viva.

En consecuencia, el alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, años más tarde promovió una política de “tolerancia cero”, por medio de la cual penaba cualquier acto delictivo, por insignificante que pareciera, con el fin de mejorar el respeto y la convivencia. Caitlin Moran también es partidaria de la “tolerancia cero” en lo que a desigualdad de género se refiere, porque está en nuestras manos censurar -y los poderes legislativos son claves- cualquier acto de micromachismo. Es desde el chiste machista, o el piropo aparentemente inofensivo, que se llega a la violencia y a las desigualdades de género que ya conocemos.

Como feministas, todas debemos denunciar y frenar -en la medida de nuestras posibilidades- cualquier gesto que contenga una carga patriarcal, por poca repercusión inmediata que conlleve. Va a dejar de importarnos que nos llamen “radicales”, “feminazis” o “amargadas”. Somos muy conscientes de los peligros de los micromachismos, disfrazados en forma de bromas de mal gusto, o de excusas ante el anciano que nos dice aquello de “calladita estás más guapa”, y se nos pide que seamos condescendientes porque el “pobrecito” es de otra generación. Actuemos frente al lenguaje sexista, contra los roles de género que nos son impuestos con naturalidad en nuestra vida cotidiana, incluso en el uso del espacio público -los cambiadores infantiles están en los lavabos femeninos-. Estos son los “pequeños” conflictos con los que tenemos que lidiar; y no por diminutos, en apariencia, son menos importantes.

Esta reflexión la escribo con mucho desconcierto por los comentarios críticos -sobre todo viniendo de mujeres- que estoy escuchando últimamente. Algunas dicen que “el feminismo se ha salido de madre”; otras afirman que no entienden la criminalización del piropo como un paso necesario hacia el respeto y la libertad; o que no comprenden porqué se exige la retirada de un cartel de carnaval -el de mi ciudad, Terrassa- por calificarlo de sexista. A ello alegan exceso de puritanismo o falta de sentido del humor. No encuentro forma mejor de defender mi opinión que escribiendo. Porque hasta eso parece que hay que criticar: que sea pretencioso querer escribir sobre ello. Recuerda que, como tú, yo también lucho por mantener los ojos abiertos. El feminismo también es mío.

 

Fotografía: Luc Rota,7 años

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